Papuchis - Juan Manuel Correal | ¿Sabías que el perdón es la llave de la liberación?
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¿Sabías que el perdón es la llave de la liberación?

el perdon

31 Oct ¿Sabías que el perdón es la llave de la liberación?

Perdonarse a sí mismo es simplemente dejar ir lo que tienes en contra tuya para poder seguir adelante.

Antes de comenzar a hablar sobre esta palabra que genera tanta resistencia, quisiera pedirte que te tomaras un minuto para reflexionar que piensas tú en particular acerca de este acto. Pregúntate que significa para ti; o que implicación tendría si lo trajeras hoy a tu vida, en cualquiera de sus tres presentaciones.

Yo me perdono

Yo pido perdón

Yo perdono

Si las personas comprendieran que hay detrás de esas 6 letras no juzgarían tanto su contenido.

En el desarrollo de nuestro taller “Todo Está Bien”, abordamos este asunto bien a fondo.

Sí. A fondo; no de manera superficial como queriendo no confrontar un tema que nos incomoda. Y nos incomoda porque necesariamente trae consigo una búsqueda en nuestras entrañas de momentos de dolor, de vergüenza, de sufrimiento, de frustración o decepción.

En este ejercicio cada participante expresa su sentimiento personal acerca del perdón.

Para muchos es difícil, para algunos es un acto de confrontación, para otros es un paradigma (perdono, pero no olvido) y para muy pocos es un acto de liberación.

Y es ahí cuando me gusta; porque se abre la puerta a todo un sistema de libertad que no sabemos que existe hasta que lo vivimos.

Porque el perdón es un acto individual de liberación de emociones y sentimientos necesario para purificar nuestra alma en un ejercicio consciente de identificación de hechos puntuales marcados por actos equívocos de nuestra parte o de otros de manera voluntaria o involuntaria.

Muchas veces ese perdón lo necesitamos nosotros mismos. Cuando llevamos algún sentimiento de culpa por algo que ha sucedido en el pasado, sentimos profundamente, por lo general, una horrible sensación de infelicidad

Perdonarse a sí mismo es el verdadero comienzo de un ritual de liberación por el que debemos iniciar. ¿Estarías dispuesto a remover profundas fibras de tu alma para ir encontrando momentos, circunstancias o acciones que hoy descubres, te hicieron más daño a ti que a nadie en la vida?

Es que quiero contarte que solo si te das ese regalo de reflexión y conciencia podrás entender por qué le tienes fastidio a los sapos, o alergia a los caballos, o rechazo a los hombres. Quizás a través del perdón encuentras por qué la dificultad para entablar una relación y que esta perdure; o de pronto defines en que momento de tu vida peleaste con Dios hasta el punto de ignorarlo.

Es muy probable que empiece también la sanación no solo de tu alma sino de tu cuerpo y tu salud comience a mejorar considerablemente.

Perdonarse no significa flagelarse; pero si es importante comenzar por una reflexión de arrepentimiento y perdonar nuestras propias culpas; allí se encuentran pensamientos auto destructivos por equivocaciones de nuestro pasado con actos o palabras que ofendieron a otros o a nosotros mismos.

Ese sentimiento de culpa debe liberarse sanando las heridas pidiéndonos perdón en estado de conciencia.  Recibiendo la luz en modo de arrepentimiento y sintiendo la verdad perdonamos nuestro pasado y nos preparamos para construir y edificar corrigiendo con obras y palabras dulces hacia nuestro interior.  Perdonarse a uno mismo a veces resulta mucho más difícil que perdonar a alguien más, y es realmente algo muy necesario.

El perdonarse a sí mismo es simplemente dejar ir lo que tienes en contra tuya para poder seguir adelante.

Si Dios dejó eso atrás, ¿no debería tú hacer lo mismo?  Para sentir un verdadero acto de contrición te sugiero buscar un espacio para hablar contigo mismo; es decir hablar con Dios y contarle lo que hay en tu corazón.

Puedes pedirle que te llene de bendición, entregándole todo lo que eres y que tome tu vida y el desierto que hay en ella para hacerlo florecer.

Cree que la promesa de amor y confía en esa palabra de constante compañía.

Puedes, desde lo más humilde de tu corazón, perdonar tus propias culpas y redimirte por todo aquello que nos has hecho bien, por todo el mal que has hecho queriendo hacer el bien, y por no actuar como corresponde.

En ese acto íntimo, reconoce tus faltas, por haber transformado tu vida en algo sin norte, sin rumbo, y haberte olvidado de tu fe en el amor de Dios.

Perdónate a ti mismo por conservar rencor en tu corazón y por no perdonarte a ti mismo el daño causado; por las veces que has creído en maleficios, en embrujos, en esoterismos y cosas sin sentido que te han alejado de la verdad y de tu propia bondad.

Pide a Dios en tu conversación contigo mismo, que rompa todas esas cadenas que te han atado a vivir una vida llena de dolor y sufrimiento.

Perdónate por los momentos que has querido tirar la toalla sin valorar las oportunidades para crecer en espíritu, y a cambio, salir a gritar al mundo entero que no puedes más; que te rindes y que ya no quieres seguir.

Perdónate por los momentos que no te has valorado; en que has pensado que para nada sirves en este mundo y siente que quieres limpiar tu corazón y liberarte de todas esa cadenas y ataduras que te pesan permitiendo a Dios actuar iluminando tu vida y acabando con la oscuridad de toda frustración y deseo de miseria que haya habitado en ti en algún momento de rabia contigo mismo.

Siente el alivio de tus palabras sinceras y que esa limpieza de tu alma era necesaria.

Así, como cuando recibías la orden de mamá de ordenar, organizar y limpiar tu habitación. Era entonces cuando se abrían las cortinas y las ventanas; entraba nuevo aire, se descontaminaba el ambiente y aparecían cosas que dabas por perdidas. Así, como cuando a través del perdón re aparece la fe.

Esa fe te permite conectarte contigo mismo para sentir a Dios y reconocer su amor para perdonarte, sanarte, liberarte y ofrecerte una vida en abundancia.

Siéntete perdonado otra vez repitiendo: Me perdono; Me siento lleno del amor de Dios que todo lo sana y lo renueva.

Perdón, si me les metí al rancho con este tema.

¡Hakuna Matata¡

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